sábado, 24 de septiembre de 2016

Va de gatos

Joaquín fue un hijo de la posguerra. Nació en la primavera de 1941, pocos meses después de la boda de sus padres tras un largo noviazgo interrumpido por una guerra civil. Aunque fue el hermano mayor para sus padres siempre fue el niño.

Y como hermano mayor, muy pronto le tocó ayudar a la familia. A los ocho años empezó a ir a la escuela, pero en muchas ocasiones faltaba porque su abuelo le pedía que le echara una mano con la piara de marranos (cerdos) que tenían para sobrevivir. Cuando éstos salían al campo debía haber alguien con ellos para impedir que los animales (de cuatro o dos patas) les hicieran algo.

Lo habitual es que Joaquín estuviera con algún adulto, aunque pasado el tiempo, cada vez con mayor frecuencia, estaba él solo. En ocasiones las horas se hacían eternas por lo que aquel día que escuchó unos maullidos, se entretuvo en buscar de donde venían.

Un gatito de unos tres o cuatro meses, asustado, intentaba localizar a su madre. Joaquín sintió pena y le ofreció algo de comida que él llevaba. El gatito se lanzó sobre el agua primero y la comida después. A partir de ese momento no se separó de él. Durante horas, allí donde iba Joaquín, le seguía el gatito, al que pronto bautizó como Misi, porque le pareció gata.

Misi era atigrada, oscura y tenía una inusual cola más pequeña de lo habitual, como si estuviera cortada, con un penachito de pelo negro en la punta.

Cuando le llegó el relevo y el momento de irse a casa intentó dejar a Misi en el campo. Echó a correr y la gatita le siguió, cuando se alejó demasiado escuchó su maullido y no pudo dejarla. Al final, con ella en la mano, apareció en la casa del fantasma. Al principio a su madre no le hizo mucha gracia pero como vivían en una casa vieja, consiguió quedarse siempre y cuando cazara ratones.

Al poco descubrieron que era un machote, pero como ya contestaba a Misi, se quedó con el nombre.

Misi creció... y creció... y creció y se convirtió en un gato más grande de lo normal y en un genial cazador de ratones... de gorriones... de palomas... y de lo que se cruzara por delante.

Como era habitual en la época, los gatos entraban y salían a la calle con total normalidad, y salvo en época de celo, Misi solía dormir con Joaquín.

Un día, mientras jugaba en la calle con el gato (se perseguían mutuamente) pasó un vecino y se los quedó mirando.

- Hacía mucho que no veía uno de éstos.

- ¿De éstos? - preguntó Joaquín.

- Si, un gato Montés.

- No es un gato de esos, es mi gato.

- Ten cuidado con él, esos gatos pueden ser peligrosos.

El caso es que ya se habían quejado de él otros vecinos porque entraba en sus casas y hacía alguna trastada, pero la madre de Joaquín no hizo mucho caso a las quejas, porque nadie le había confirmado que era Misi quien lo hacía, podía haber sido otro animal. Era un pueblo y quien más o quien menos tenían animales en casa.

Un buen día, como unos dos años después de llegar Misi, no volvió. No era época de celo y empezaron a preocuparse.

Un par de días después lo encontraron, calles más abajo. Misi había muerto envuelto en vómitos... alguien lo había envenenado.

Joaquín se sintió muy mal por el triste final de Misi y aunque hubo otros gatos en la casa, ninguno llegó a calar tan hondo en todos como ese extraño gato.

Eso si, durante mucho tiempo aparecieron otros gatos en el pueblo con la cola más corta y un penacho negro en la punta. Misi había dejado su impronta no solo en la familia que vivía en la casa del fantasma, sino en las gatas de los vecinos.