jueves, 29 de septiembre de 2016

Va de gatos 2

Pili también fue hija de la posguerra, aunque en su caso era la última hija con un buen puñado de hermanos mayores, algunos muy mayores. Así que se convirtió en el juguete de todos ellos. Con la familia también vivían un par de tías, una soltera con algún problema psicológico y una viuda por la guerra y que no tuvo tiempo de tener hijos en su día.

Pili y su familia vivían en una enorme casa que había sido cuartel durante la guerra y aunque tenían habitaciones suficientes para no tener que compartir, al final terminaba durmiendo con alguna hermana. Tampoco tenían problemas con el acceso a la comida por el trabajo de su padre, aunque eso si, dinero poquito.

Al ser una casa tan grande, había habitaciones vacías, habitaciones que usaban de almacén o de cuadra para los animales... y animales... un marrano (cerdo) por año, cabras, gallinas (y gallo y pollitos en primavera) y gatos, por descontado.., gatos que mantenían controlados a los ratones que acudían a comerse el grano guardado, o la chacina, o lo comida que pudieran conseguir.

También contaban con varios perros que al igual que los gatos, vivían libres por la casa y que tenían su razón de ser, cuidar a la familia y en ocasiones, darse sus carreras para ir de caza por el secano que rodeaba el pueblo o por la sierra.

Entre todos esos animales Pili sintió algo más que cariño por un gato rubio y muy listo, que siempre consiguió lo que quiso de ella.

El Rubio (como terminó llamándose) tenía un sexto sentido para saber cuando el padre de Pili volvía a casa del trabajo y eso que él nunca tuvo un horario definido. Ya fuera verano o invierno, de improviso, dejaba su estado de sueño o duermevela para salir corriendo a la puerta del caserón y sentarse allí, mirando al frente. Pocos minutos después aparecía él. ¿Escuchaba e identificaba su manera de andar? ¿Lo olía? a saber, pero nunca falló.

El Rubio sabía cuando Pili se sentía triste o estaba enferma y se acurrucaba a su lado.

El Rubio participó con ella en algunas travesuras que no acabaron muy bien y también terminó castigado, como su compañera: "Sin cenar y a la cama".

El Rubio aprendió a saltar entre los brazos de Pili agarrados haciendo un aro y conforme ella crecía, más alto era el salto a dar. Cada vez que hacía eso, ella terminaba con una carcajada y esa era toda su recompensa.

Los años pasaron y la casa se fue vaciando. Los hermanos terminaron por formar su propia familia y Pili se quedó sola. El Rubio seguía por allí, pero ya era muy abuelito y hacía tiempo que no había vuelto a saltar entre los brazos de ella.

Un buen día no acudió a la puerta a recibir al padre de Pili... enroscado delante de la chimenea había dejado de respirar.

Y Pili, ya Pilar, formó su propia familia pero nunca consintió en volver a tener un gato en su casa.


Nota: Cuando años después yo preguntaba e insistía en tener un gato, ella siempre me hablaba de El Rubio, pero nunca del porqué no quería que yo tuviera un hermano gatuno como ella disfrutó