Nunca (bueno, prácticamente nunca) he tenido vacaciones "pagadas".
Cuando trabajaba en la agencia de azafatas, los meses de enero (después de Reyes) y febrero no se trabajaba... pero como nuestros contratos era por servicios determinados, pues nada, contrato no renovado y al paro hasta el comienzo de la campaña de Semana Santa. Los meses de verano eran los más agotadores junto con la campaña de Navidad. Así que estaba deseando que llegaran esos meses de vacaciones forzosas no pagadas.
Después, como ama de casa y madre, jamás tuve vacaciones.
Y los últimos años sigo sin vacaciones "pagadas" al tener contrato comercial... pero deseando que llegara el mes de agosto. La oficina central cierra por vacaciones y todos tenemos este mes más o menos libre. Eso si, si no trabajas, no cobras, pero no me ha importado mucho.
Pero después del último año agónico al cambiarme de supervisor, no podía imaginarme lo que he podido desear que llegara agosto (vaya frase liosa que acabo de escribir, pero no consigo expresar de otra forma mis ansias de vacaciones que he pasado este mes de julio).
Por fin han llegado, estoy libre los próximos 30 días y aunque tengo presente que el próximo mes de septiembre será suicida por culpa de un jefecillo agonías que no sabe hacer bien su trabajo y que últimamente me está culpando a mi de sus errores, no me importa mucho en este momento... ya me preocuparé después.
Ahora mismo empiezo mis vacaciones y no estaré mucho por aquí. Os echaré de menos... o no...
miércoles, 28 de julio de 2010
sábado, 17 de julio de 2010
Timidez
Pasado el tiempo recuerdo mi propia timidez como parte del aprendizaje de la vida.
Los múltiples cambio de domicilio. El vivir primero con mis padres, más tarde en un colegio, después con mis abuelos y mis tíos (los hermanos de mi padre) que me consintieron por completo al ser la única nieta y sobrina. El vivir en una casa con fantasma, mi propio mundo interior... la muerte de mi padre... todo eso hizo que pasara mi adolescencia con muy poco contacto con las personas y desarrollara una timidez bastante grande que suplía por narices (el tener que empezar a trabajar a tan temprana edad es lo que tiene) y viviera mis ilusiones en los libros, en esas historias que consumía en ocasiones de forma compulsiva.
Así que mi timidez sigue estando ahí, dentro de mi, forma parte de mi personalidad. En ocasiones hasta me impide alcanzar a alguien que conozco para saludarle y disimulo si la otra persona me mira. Otras veces busco el atajo más largo para llegar a un lugar, intentando buscar ese valor que no poseo para enfrentarme al porvenir. Y en ocasiones me sorprendo a mi misma, dando la cara por algo o alguien desconocido.
Poco a poco he ido aprendido a vivir con la timidez.
Así que creí comprender perfectamente a mi hija cuando su timidez empezó a encerrarla en casa. Cuando empezó a buscar razones para no salir a comprar el pan, a tomar un helado... cuando una visita a un museo le suponía un dolor de cabeza y un mareo. Cuando empezó a no querer ir a la playa si siempre le había gustado y esperado con ilusión el verano para disfrutar del sol, la arena, el agua...
Intenté recordar como me sentía yo a su edad. No la forcé a hacer lo que no quería, no me gustaba verla sentirse mal. Siempre creí que si un adolescente tiene problemas, el primer indicativo se encuentra en sus notificaciones y en los estudios, ella era la primera, con media de sobresaliente. Así que para mi solo era timidez.
Pero cumplió los 14 años y empezaron los ataques de ansiedad. De los mareos al salir a la calle pasaron a los dolores de cabeza si entraba a un lugar con muchas personas... y a los ataques de ansiedad si la obligaba a salir de casa. Gritos, lágrimas, mareos, ... y más.
El problema empieza a sobrepasarme. La consulta al psicólogo solo me indicó que era ella la que debía darse cuenta que ocurría algo y pedir ayuda y para mi hija, no ocurre nada, según ella, es su personalidad y tenemos que respetársela.
Pero ser padre nos impone las obligaciones de ayudar a nuestros hijos y en eso estoy.
Los múltiples cambio de domicilio. El vivir primero con mis padres, más tarde en un colegio, después con mis abuelos y mis tíos (los hermanos de mi padre) que me consintieron por completo al ser la única nieta y sobrina. El vivir en una casa con fantasma, mi propio mundo interior... la muerte de mi padre... todo eso hizo que pasara mi adolescencia con muy poco contacto con las personas y desarrollara una timidez bastante grande que suplía por narices (el tener que empezar a trabajar a tan temprana edad es lo que tiene) y viviera mis ilusiones en los libros, en esas historias que consumía en ocasiones de forma compulsiva.
Así que mi timidez sigue estando ahí, dentro de mi, forma parte de mi personalidad. En ocasiones hasta me impide alcanzar a alguien que conozco para saludarle y disimulo si la otra persona me mira. Otras veces busco el atajo más largo para llegar a un lugar, intentando buscar ese valor que no poseo para enfrentarme al porvenir. Y en ocasiones me sorprendo a mi misma, dando la cara por algo o alguien desconocido.
Poco a poco he ido aprendido a vivir con la timidez.
Así que creí comprender perfectamente a mi hija cuando su timidez empezó a encerrarla en casa. Cuando empezó a buscar razones para no salir a comprar el pan, a tomar un helado... cuando una visita a un museo le suponía un dolor de cabeza y un mareo. Cuando empezó a no querer ir a la playa si siempre le había gustado y esperado con ilusión el verano para disfrutar del sol, la arena, el agua...
Intenté recordar como me sentía yo a su edad. No la forcé a hacer lo que no quería, no me gustaba verla sentirse mal. Siempre creí que si un adolescente tiene problemas, el primer indicativo se encuentra en sus notificaciones y en los estudios, ella era la primera, con media de sobresaliente. Así que para mi solo era timidez.
Pero cumplió los 14 años y empezaron los ataques de ansiedad. De los mareos al salir a la calle pasaron a los dolores de cabeza si entraba a un lugar con muchas personas... y a los ataques de ansiedad si la obligaba a salir de casa. Gritos, lágrimas, mareos, ... y más.
El problema empieza a sobrepasarme. La consulta al psicólogo solo me indicó que era ella la que debía darse cuenta que ocurría algo y pedir ayuda y para mi hija, no ocurre nada, según ella, es su personalidad y tenemos que respetársela.
Pero ser padre nos impone las obligaciones de ayudar a nuestros hijos y en eso estoy.
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