viernes, 17 de septiembre de 2010

Nuevos tiempos, viejas profesiones

Mi padre era albañil.

En cierta ocasión me contó que si hubiera tenido oportunidad, hubiera estudiado arquitectura. Le gustaba muchísimo construir casas, estudiar proporciones y calcular cimientos. Pero al ser hijo de un simple agricultor, terminó en la albañilería. Eso no le impidió seguir aprendiendo en cada nueva construcción. Le gustaba preguntar a arquitectos y peritos el porqué de esos planos con los que trabajaba. Tenía unas maravillosas manos de las que salían muros y paredes; tejados y suelos; y si se terciaba, incluso molduras de escayola.

Mi padre era albañil y le gustaba serlo.

Así que quieras que no, terminaba experimentando sus últimos descubrimientos en nuestra vivienda. Fines de semana o vacaciones había una obrita en casa. Correr una pared, cambiar los azulejos del baño. Instalar un cortinero de escayola, alguna moldura, incluso crear falsas columnas para adornar nuestra casa.

Por lo que jamás me resultó extraño ver trabajar a mi padre en mangas de camiseta y con el pantalón caído enseñando la hucha. Siendo niña me he reído muchas veces cuando mi madre le llamaba la atención sobre esa circunstancia en especial. Mi padre hacía oídos sordos recordándole a mi madre que llevaba años y años enseñando esa parte de su anatomía a todo bicho viviente que trabajara a su lado y salvo algún piropo ocasional de un compañero, jamás había ocurrido nada de lo que se avergonzara.

Y cuando me he tropezado con algún albañil o currante en alguna parte que le ocurriera lo mismo, he terminado sonriendo, pero nunca me ha llamado especialmente la atención y menos en estos tiempos que corren, en los que la moda juvenil impone ir enseñando la marca o el diseño y estampado de la ropa interior que se usa... hasta hace unos días en los que callejeando por circunstancias de trabajo, me tropecé con el currante trabajando en una acera, agachado, poniendo losas en el suelo. De unos cincuenta y tantos años de edad, canoso y muy moreno por trabajar al sol, enseñando esa parte de su trasero en la que se veía claramente un tanga rojo.

Y he oído la voz de mi padre, diciendo algo así como que debe tener el culo escocido por llevar semejante prenda para trabajar.

Y no he podido ya no sonreír, sino soltar una carcajada disimulando al pasar a su lado.

Es que los tiempos y la moda, avanzan que es una barbaridad.

6 comentarios:

Ana dijo...

Jajajajjaa...si que tiene que ser gracioso ver un albañil, tan duros y "hombres" que son, enseñando su tanguita rojo,jajajaja


Besicos

Viviana de MamásyBebés dijo...

ay no, se arruino mi vida sexual! jajajaajajaj

Lara dijo...

Jajajaja... me ha hecho gracia el imaginarte disimulando esa carcajada, jajaja...

Nanny Ogg dijo...

Un albañil cincuentón con tanga rojo... jajajaja... es que no puedo imaginármelo, en serio :D

Besos

zanawsina dijo...

Jajajajaja... Sí, eso vale una carcajada. Desde luego que la situación tuvo que ser mínimamente curiosa.

Mithrand dijo...

Mi padre es albañil, en activo... y no me lo imagino enseñando un tanga rojo xDD

Claro que él trabaja en Asturias, y ahí más vale no enseñar la hucha o se te congela xDDD