El año pasado, por estas fechas, daba clases de informática en un colegio, a los chicos de educación infantil, es decir, niños/as de entre 3 y 6 años.
Fue una experiencia maravillosa, ver las caras de sorpresa cuando les enseñaba algo o las de satisfacción, cuando aprendían a hacerlo.
Una de mis alumnas más jovencitas fue Lucía, tenía entonces 3 años y era un auténtico torbellino. Incapaz de estar sentada en la silla más de 10 minutos seguidos, jugaba a carreras con el ratón o empujaba al de al lado. A pesar de sus cortos años, tiene a sus espaldas una historia bastante complicada (su padre tiene una orden judicial de alejamiento de la niña, por maltrato y solo puede visitarla cuando lo autoriza el asistente social).
Un buen dia dejó de acudir a mis clases. Después de un par se semanas pregunté en el colegio por ella y me indicaron que Lucía estaba ingresada en el hospital, a consecuencia de una neumonía. Mi hija también estuvo ingresada por la misma circunstancia, un par de meses antes, así que decidí hacerle una visita a Lucía. Entre todos sus compañeros y yo escribimos una carta y la decoramos.
Y ahí está Wendeling, dispuesta a entregar esa carta y animar a Lucía, porque en unos días seguramente estaría de nuevo revolucionando la clase.
Mi sorpresa fue no encontrármela en la planta que yo recordaba. Así que supuse que le habían dado ya el alta. De todas formas quise comprobarlo, por si me había equivocado de hospital.
Si, era ese hospital. Y no, no le habían dado de alta, seguía ingresada. Pero en otro planta.
Oncología.
Me quedé de una auténtica pieza.
¿Por qué la vida es tan injusta tantas veces? ¿Por qué una niña de 3 años tiene un tumor en un pulmón? ¿Por qué la muerte va buscando almas que todavía no han aprendido siquiera a vivir?
No me dejaron visitarla, estaba demasiado débil y debía ponerse más fuerte para afrontar una complicada operación. Aunque me prometieron que le darían la carta que le habían escrito sus compañeros.
No quisieron darme más información, porque no pertenecía a su familia.
Lloré cuando volvía a casa. Lloré esa noche y muchas noches más. Por Lucía y por mis recuerdos.
Al día siguiente recibí una llamada de la abuela de Lucía. Le habían informado en el hospital de mi visita y me pedía, que por favor, no dijera nada, de la enfermedad que tenía. Y así hice. Pero no la he olvidado en todo este tiempo, y en alguna ocasión me he informado de su evolución.
Hoy es el primer día de vuelta al cole, después de las vacaciones de navidad. Y al llevar a mis hijas, he escuchado a mis espaldas un...
- ¡Hola Seño!
Al volverme me he encontrado con Lucía. Me sonreía y me ha echo casi arrodillarme para darme un beso. Me emocionado mucho al volverla a ver de nuevo, yendo al cole, después de diez meses ingresada en un hospital, de varias operaciones complicadas, de una rehabilitación y de tener que aprender a usar su mano izquierda, porque la derecha se le ha quedado sin fuerza incluso para coger un lapiz... ahí estaba Lucía. Y sonreía, nerviosa por volver al cole.
Y la vida sigue y hoy he sonreido.
(P.D. Mi regalo de reyes ha llegado y como lo que se promete es deuda, tendré que empezar a creer en los Reyes Magos)
1 comentario:
Comentario:
Verla, de pie, esperando en la puerta del colegio... ha conseguido que sea un día realmente especial.
Monty, si, tenías razón. Voy a terminar por creerte siempre.
Wendeling 10 Enero, Lunes 23:39 (Web)
Comentario:
La vida es lo más precioso del mundo, y la carita de un niño feliz otro tesoro aún mayor.
Que te decía yo de los Reyes Magos, ¿ves como tenia razón? :)
Monty 10 Enero, Lunes 22:22 (Correo) (Web)
Publicar un comentario